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  • El juego del equilibrio.

    La vida es un constante vaivén, donde mantener el equilibrio es trabajo de todos los días. Es como ese pequeño muro donde jugaba de pequeña: lo suficientemente alto para generarme miedo, pero a la altura ideal para subir sola y que la caída no termine en catástrofe.

    Yo elegía el muro. Subía entusiasmada e intentaba caminar recto sobre él, sin caerme a los lados. El muro, a la altura justa entre el desafío y la confianza, generaba vértigo una vez arriba. El suelo, a lo lejos, incomodaba… tanto, que a veces me paralizaba.

    ¿Era el miedo de caer?

    Pero jamás me quedaba inmóvil más de lo necesario. No sé si fue por enfrentar el miedo de caer a los lados o porque, muchas veces, no estaba sola: una mano tomaba la mía y me ayudaba a mantener el equilibrio.

    —¡No, no quiero ayuda!

    Repetía cuando quería hacerlo sola. ¿Por qué? Porque hacerlo sola era más gratificante, seguramente… y porque no sabía que recibir ayuda no era sinónimo de debilidad.

    Con la frente en alto y mi orgullo por delante, caminé. La confianza me llevó adelante, poniendo un pie delante del otro, hasta creer que podía correr sobre el muro sin perder el equilibrio. Pero quien con prisas va, no llega a ningún lado… y así fue como caí.

    Caí rápido; no me dio tiempo de apoyar las manos. Directo al suelo, sin nada ni nadie que amortiguara el golpe. No quise ayuda, no quise una mano… y quise correr. Las lágrimas se me atoraron, como el llanto en la garganta. Quería gritar, pero estaba demasiado avergonzada para admitirlo. El dolor del golpe me inmovilizó en el suelo, como cuando estaba sobre el muro paralizada por el vértigo. Pero esta vez lo había intentado. No cae quien no intenta… Pero a veces podemos evitarlo, o al menos amortiguar la caída.

    ¿Y si me levanto y vuelvo a caer? 

    ¿Y si no me levanto y no vuelvo a jugar?

    Lentamente resurgí del suelo. Puse un pie sobre el muro, y luego el otro, hasta ponerme de pie nuevamente sobre él. Lo volví a intentar. No quise abandonar el juego. Hundida en el abismo al lado del muro, supe que no siempre iba a volver a caer.

    Al día siguiente pasé al lado del mismo muro. Me pareció más bajo que el día anterior, y caminarlo fue más fácil. Quizás, al otro día, pude correr sobre él. Y el día siguiente a ese, escogí un muro más alto.

    Ahora sigo caminando muros, muchas veces perdida, sin saber la dirección, pero aprendí a caminar, caer y volver a intentarlo. Porque la clave está en mantener el equilibrio.